miércoles, 13 de febrero de 2013

Observo y escribo



No es una desgracia abrir los ojos
ni tener despiertos los deseos...
Ruben Bonifaz Nuño

Ruta que madruga, cansancio individual

Entro, subo. Los pasajeros duermen, pero no para descansar sino para no abrir los ojos y no darse cuenta del mundo en el que viven: uno que acribilla con miradas. “Mala suerte” de toparte con una encabritada y en el corrido de Arnulfo González irás a dar.

Es muy fácil apretar pestañas y esperar a que el sueño llegue, sin trabajo, tan natural como ingerir alimento cuando se tiene hambre. Es la muerte la que arrulla.

Difícil es abrirlos, mantenerlos en acción. Contemplar:  maldad y crueldad, el lado oscuro del corazón, la felicidad sin que llegue a causar envidia, pobreza, marginación, la guerra diaria, el miedo en cada rostro ―contagioso en una realidad colectiva―, el temor a perder la vida de una manera violenta, el pavor a la desaprobación social en un mundo colmado de estereotipos.
Lo complicado es saberte solo, ayudar sin reciprocidad, soportar, superar, tolerar, encontrarte en conflicto, sentir las manos de la muerte.  

Cerramos los ojos para no ver. No vaya a ser que despierte la vida y nos reconozca como a sus hijos. 








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